jueves, 29 de septiembre de 2011

El valor y el miedo


Al caer la noche, el frío y la ausencia de luz se llevaron todo aquello que alguna vez había conocido como hogar, seguridad. Cada paso que daba era poco firme, dudoso, pero constante. Sentía miedo de abrir los ojos… a su vez creía que probablemente nada vería si lo hacía. De a ratos no podía contener la angustia generada por la incertidumbre y abría los ojos en busca de señales que le marcaran dónde ir, qué hacer, cómo salir de ahí o entender lo que sucedía, pero temía más a la posibilidad de ver algo que nunca antes había visto que al hecho de sentirse ciego y volvía a cerrarlos. Se torturaba lentamente con preguntas básicas y sin respuesta: ¿Quién soy?, ¿Dónde estoy?, ¿Adónde voy?, ¿Qué hago acá? El miedo siempre había sido su peor defecto… esas ganas contenidas de correr, gritar, sólo por no saber, no poder controlar la situación. Cuando su corazón comenzó a latir con más fuerza decidió parar de pensar y abandonarse en la inmensidad de la nada misma. “Apagar” su cerebro y sentir con el alma, la mente y el cuerpo todo aquello que de otra manera no podría percibir.
Se dejó caer, flotar, doblarse, andar, se sentía extrañamente… bien, pero total y absolutamente incontrolable. Por momentos creía oír ruidos, susurros eternos que la llamaban y le pedían que se acerque. Ella no sabía adónde debía acercarse pero no sentía que debía hacerlo. El corazón volvía a acelerarse, el miedo, el miedo, el miedo…. “BASTA! Quiero volver!” pensó y se abandonó en un trance de nubes mentales donde ni la duda, ni el valor ni el tacto o la audición podían alcanzarla.
Finalmente, abrió los ojos al salir el sol. Pudo ver, reír y sentir calma otra vez. Pero había perdido su oportunidad y tendría que volver cuando el sol se oculte. Al fin y al cabo, “el valor no es la ausencia del miedo, si no el conocimiento de que existe algo más importante que eso”.  

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