Al caer la
noche, el frío y la ausencia de luz se llevaron todo aquello que alguna vez
había conocido como hogar, seguridad. Cada paso que daba era poco firme,
dudoso, pero constante. Sentía miedo de abrir los ojos… a su vez creía que
probablemente nada vería si lo hacía. De a ratos no podía contener la angustia
generada por la incertidumbre y abría los ojos en busca de señales que le
marcaran dónde ir, qué hacer, cómo salir de ahí o entender lo que sucedía, pero
temía más a la posibilidad de ver algo que nunca antes había visto que al hecho
de sentirse ciego y volvía a cerrarlos. Se torturaba lentamente con preguntas
básicas y sin respuesta: ¿Quién soy?, ¿Dónde estoy?, ¿Adónde voy?, ¿Qué hago
acá? El miedo siempre había sido su peor defecto… esas ganas contenidas de
correr, gritar, sólo por no saber, no poder controlar la situación. Cuando su
corazón comenzó a latir con más fuerza decidió parar de pensar y abandonarse en
la inmensidad de la nada misma. “Apagar” su cerebro y sentir con el alma, la mente
y el cuerpo todo aquello que de otra manera no podría percibir.
Se dejó caer,
flotar, doblarse, andar, se sentía extrañamente… bien, pero total y
absolutamente incontrolable. Por momentos creía oír ruidos, susurros eternos
que la llamaban y le pedían que se acerque. Ella no sabía adónde debía
acercarse pero no sentía que debía hacerlo. El corazón volvía a acelerarse, el
miedo, el miedo, el miedo…. “BASTA! Quiero volver!” pensó y se abandonó en un
trance de nubes mentales donde ni la duda, ni el valor ni el tacto o la
audición podían alcanzarla.
Finalmente,
abrió los ojos al salir el sol. Pudo ver, reír y sentir calma otra vez. Pero
había perdido su oportunidad y tendría que volver cuando el sol se oculte. Al
fin y al cabo, “el valor no es la ausencia del miedo, si no el conocimiento de
que existe algo más importante que eso”.
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